sábado, 15 de agosto de 2009

Iza la flor su enseña... (muerte sin fin)

Iza la flor su enseña,
agua, en el prado.
¡Oh, qué mercadería
de olor alado!

¡Oh, qué mercadería
de tenue olor!
¡cómo inflama los aires
con su rubor!

¡Qué anegado de gritos
está el , , , , , jardín!
"¡Yo, el heliotropo, yo!"
"¿Yo? El jazmín".

Ay, pero el agua,
ay, si no huele a nada.

Tiene la noche un árbol
con frutos de ámbar;
tiene una tez la tierra,
ay, de esmeraldas.

El tesón de la sangre
anda de rojo;
anda de añil el sueño;
la dicha, de oro.

Tiene el amor feroces
galgos morados;
pero también sus mieses,
también sus pájaros.

Ay, pero el agua,
ay si no luce a nada.

Sabe a luz, a luz fría,
sí, la manzana.
¡Qué amanecida fruta
tan de mañana!

¡Qué anochecido sabes,
tu, sinsabor!
¡cómo pica en la entraña
tu picaflor!

Sabe la muerte a tierra,
la angustia a hiel.
Este morir a gotas
me sabe a miel.

Ay, pero el agua,
ay, si no sabe a nada.

(BAILE)

Pobrecilla del agua,
ay, que no tiene nada,
ay, amor, que se ahoga,
ay, en un vaso de agua.

Pero el vaso en sí mismo no se cumple... (muerte sin fin)

Pero el vaso en sí mismo no se cumple.
Imagen de una deserción nefasta
¿qué esconde en su rigor inhabitado,
sino esta triste claridad a ciegas,
sino esta tentaleante lucidez?
Tenedlo ahí, sobre la mesa, inútil.
Epigrama de espuma que se espiga
ante un auditorio anestesiado,
incisivo clamor , , , , , que la sordera
tenaz de los objetos amordaza,
flor mineral que se abre para adentro
hacia su propia luz,
espejo ególatra
que se absorbe a sí mismo contemplándose.
Hay algo en él, no obstante, acaso un alma,
el instinto augural de las arenas,
una llaga tal vez que debe al fuego,
en donde le atosiga su vacío.
Desde este erial aspira a ser colmado.
En el agua, en el vino, en el aceite,
articula el guión de su deseo;
se ablanda, se adelgaza;
ya su sobrio dibujo se le nubla,
ya, embozado en el giro de un relfejo,
en un llanto de luces se liquida.

En el rigor del vaso que la aclara... (muerte sin fin)

En el rigor del vaso que la aclara,
el agua toma forma
—ciertamente.
Trae una sed de siglos en los belfos,
una sed fría, en punta, que ara cauces
en el sueño moroso de la tierra,
que perfora sus miembros florecidos,
como una sangre cáustica,
incendiándolos, ay abriendo en ellos]
desapacibles úlceras de insomnio.
Más amor que sed; más que amor, idolatría,
dispersión de criatura estupefacta
ante el fulgor que blande
—germen del trueno olímpico— la forma
en sus netos contornos fascinados,
¡Idolatría, si , idolatría!
Mas no le basta el ser un puro salmo,
un ardoroso incienso de sonido;
quiere, además, oírse.
Ni le basta tener sólo reflejos
—briznas de espuma , , , , ,
para el ala de luz que en ella anida;
quiere, además, un tálamo de sombra,
un ojo para mirar el ojo que la mira.
En el lago, en la charca, en el estanque,
en la entumida cuenca de la mano,
se consuma este rito de eslabones,
este enlace diabólico
que encadena el amor a su pecado.
En el nítido rostro sin facciones
el agua, poseída,
siente cuajar la máscara de espejos
que el dibujo del vaso le procura.
Ha encontrado, por fin,
en su correr sonámbulo,
una bella, puntual fisonomía.
Ya puede estar de pie frente a las cosas.
Ya es, ella también, aunque por arte
de estas limpias metáforas cruzadas,
un encendido vaso de figuras.
El camino, la barda, los castaños,
para durar el tiempo de una muerte
gratuita y prematura, pero bella,
ingresan por su impulso
en el suplicio de la imagen propia
y en medio del jardín, bajo las nubes,
descarnada lección de poesía
instalan un infierno alucinante.

Oh inteligencia, soledad en llamas... (muerte sin fin)

¡Oh inteligencia, soledad en llamas,
que todo lo concibe sin crearlos!
Finge el calor del lodo,
su emoción de substancia adolorida,
el iracundo amor que lo embellece
y lo encumbra más allá de las alas
a donde sólo el ritmo
de los luceros llora,
mas no le infunfe el soplo que lo pone en pie
y permanece recreándose en sí misma,
única en Él, inmaculada, sola en Él,
reticencia indecible,
amoroso temor de la materia,
angélico egoísmo que se escapa
como un grito de júbilo sobre la muerte
—oh inteligencia, parámo de espejos!
helada emanación de rosas pétreas
en la cumbre de un, , , , , tiempo paralítico;
pulso sellado;
como una red de arterias temblorosas,
hermético sistema de eslabones
que apenas se apresura o se retarda
según la intensidad de su deleite;
abstinencia angustiosa
que presume el dolor y no lo crea,
que escucha ya en la estepa de sus tímpanos
retumbar el gemido del lenguaje
y no lo emite;
que nada más absorbe las esencias
y se mantiene así, rencor sañudo,
una, exquisita, con su dios estéril,
sin alzar entre ambos
la sorda pesadumbre de la carne,
sin admitir en su unidad perfecta
el escarnio brutal de esa discordia
que nutren vida y muerte inconciliables,
siguiéndose una a otra
como el día y la noche,
y una y otra acampadas en la célula
como en un tardo tiempo de crepúsculo,
ay, una nada más, estéril, agria,
con Él, conmigo, con nosotros tres;
como el vaso y el agua, sólo una
que reconcentra su silencio blanco
en la orilla letal de la palabra
y en la inminencia misma de la sangre.

¡ALELUYA, ALELUYA!

En la red de cristal que la estrangula... (muerte sin fin)

En la red de cristal que la estrangula,
el agua toma forma,
la bebe, sí, en el módulo del vaso,
para que éste también se transfigure
con el temblor del agua estrangulada
que sigue allí, sin voz, marcando el pulso
glacial de la corriente.
Pero el vaso
—a su vez—
cede a la informe condición del agua
a fin de que —a su vez— la forma misma,
la forma en sí, que está en el duro vaso
sosteniendo el rencor de su dureza
y está en el agua de aguijada espuma
como presagio cierto de reposo,
se pueda sustraer al vaso de agua;
un instante, no más,
no más que el mínimo
perpetuo instante del quebranto,
cuando la forma en sí, la pura forma
se abandona al designio de su muerte
y se deja arrastrar, nubes arriba,
por ese atormentado remolino
en que los seres todos se repliegan
hacia el sopor primero,
a constriur el escenario de la nada.
Las estrellas entonces ennegrecen.
Han vuelto al dardo insomne
a la noche perfecta de su aljaba.

Porque en el lento instante del quebranto,
cuando los seres todos se repliegan
hacia el sopor primero
y en la pira arrogante de la forma
se abrasan, consumidos por su muerte
—¡ay, ojos, dedos, labios,
etéreas llamas del atroz incendio!—
el hombre ahoga con sus manos mismas,
en un negro sabor de tierra amarga,
los himnos claros y los roncos trenos
con que cantaba la belleza,
entre tambores de gangoso idioma
y esbeltos címbalos que dan al aire
sus golondrinas de latón agudo;
ay, los trenos e himnos que loaban
la rosa marinera
que consuma el periplo del jardín
con sus velas henchidas de fragancia;
y el malsano crepúsculo de herrumbre,
amapola del aire lacerado
que se pincha en las púas de un gorjeo;
y la febril estrella, lis de calosfrío,
punto sobre las íes
de las tinieblas;
y el rojo cáliz del pezón macizo,
sola flor de granado
en la cima angustiosa del deseo,
y la mandrágora del sueño amigo
que crece en los escombros cotidianos
—ay, todo el esplendor de la belleza
y el bello amor que la concierta toda
en un orbe de imanes arrobados.

Porque el tambor rotundo
y las ricas bengalas que los címbalos
tremolan en la altura de los cantos,
se anegan, ay, en un sabor de tierra amarga,
cuando el hombre descubre en sus silencios
que su hermoso lenguaje se le agosta,
se le quema —confuso— en la garganta,
exhausto de sentido;
ay, su aéreo lenguaje de colores,
que así se jacta del matiz estricto
en el humo aterrado de sus sienas
o en el sol de sus tibios bermellones;
él, que discurre en la ansiedad del labio
como una lenta rosa enamorada;
él, que cincela sus celos de paloma
y modula sus látigos feroces;
que salta en sus caídas
con un ruidoso síncope de espumas;
que prolonga el insomnio de su brasa
en las mustias cenizas del oído;
que oscuramente repta
e hinca enfurecido la palabra
de hiel, la tuerta frase de ponzoña;
él, que labra el amor del sacrificio
en columnas de ritmos espirales,
sí, todo él, lenguaje audaz del hombre,
se le ahoga —confuso— en la garganta
y de su gracia original no queda
sino el horror de un pozo desecado
que sostiene su mueca de agonía.

Porque el hombre descubre en sus silencios
que su hermoso lenguaje se le agosta
en el minuto mismo del quebranto,
cuando los peces todos
que en cautelosas órbitas discurren
como estrellas de escamas, diminutas,
por la entumida noche submarina,
cuando los peces todos
y el ulises salmón de los regresos
y el delfín apolíneo, pez de dioses,
deshacen su camino hacia las algas;
cuando el tigre que huella
la castidad del musgo
con secretas pisadas de resorte
y el bóreas de los ciervos, , , , , presurosos
y el cordero Luis XV, gemebundo,
y el léon babilónico
que añora el alabastro de los frisos
—¡flores de sangre, eternas,
en el racimo inmemorial de las especies!—
cuando todos inician el regreso
a sus mudos letargos vegetales;
cuando la aguda alondra se deslíe
en el agua del alba,
mientras las aves todas
y el solitario búho que medita
con su antifaz de fósforo en la sombra,
la golondrina de escritura hebrea
y el pequeño gorrión, hambre en la nieve,
mientras todas las aves se disipan
en la noche enroscada del reptil;
cuando todo —por fin— lo que anda o repta
y todo lo que vuela o nada, todo,
se encoge en un crujir de mariposas,
regresa a su orígenes y al origen fatal de sus orígenes,
hasta que su eco mismo se reinstala
en el primer silencio tenebroso.

Porque los bellos seres que transitan
por el sopor añoso de la tierra
—¡trasgos de sangre, libres,
en la pantalla de su sueño impuro!—
todos se dan a un frenesí de muerte,
ay, cuando el sauce
acumula su llanto
para urdir la substancia de un delirio
en que —¡tú! ¡yo! ¡nosotros!— de repente,
a fuerza de atar nombres destemplados,
ay, no le queda sino el tronco prieto,
desnudo de oración ante su estrella;
cuando con él, desnudos, se sonrojan
el álamo temblón de encanecida barba
y el eucalipto rumoroso,
témpano de follaje
y tornillo sin fin de la estatura
que se pierde en las nubes, persiguiéndose;
y también el cerezo y el durazno
en su loca efusión de adolescentes
y la angustia espantosa de la ceiba
y todo cuanto nace de raíces,
desde el heroico roble
hasta la impúbera
menta de boca helada;
cuando las plantas de sumisas plantas
retiran el ramaje presuntuoso,
se esconden en sus ásperas raíces
y en la acerba raíz de sus raices
y presas de un absurdo crecimiento
se desarrollan hacia la semilla,
hasta quedar inmóviles
¡oh cementerios de talladas rosas!
en los duros jardines de la piedra.

Porque desde el anciano roble heroico
hasta la impúbera
menta de boca helada,
ay, todo cuanto nace de raíces
establece sus tallos paralíticos
en los duros jardines de la piedra,
cuando el rubí de angélicos melindres
y el diamante iracundo
que fulmina a la luz con un reflejo,
más el ario zafir de ojos azules
y la geórgica esmeralda que se anega
en el abril de su robusta clorofila,
una a una, las piedras delirantes,
con sus lindas hermanas cenicientas,
turquesa, lapislázuli, alabastro,
pero también el oro prisionero
y la plata de lengua fidedigna,
ingenua ruiseñor de los metales
que se ahoga en el agua de su canto;
cuando las piedras finas
y los metales exquisitos, todos,
regresan a sus nidos subterráneos
por las rutas candentes de la llama,
ay, ciegos de su lustre,
ay, ciegos de su ojo,
que el ojo mismo,
como un siniestro pájaro de humo
en su aterida combustión se arranca.

Porque raro metal o piedra rara,
así como la roca escueta, lisa,
que figura castillos
con sólo naipes de aridez y escarcha,
y así la arena de arrugados pechos
y el humus maternal de entraña tibia,
ay, todo se consume
con un mohíno crepitar de gozo,
cuando la forma en sí, la forma pura,
se entrega a la delicia de su muerte
y en su sed de agotarla a grandes luces
apura en una llama
el aceite ritual de los sentidos,
que sin labios, sin dedos, sin retinas,
sí, paso a paso, muerte a muerte, locos,
se acogen a sus túmidas matrices,
mientras unos a otros se devoran
al animal, la planta
a la planta, la piedra
a la piedra, el fuego
al fuego, el mar
al mar, la nube
a la nube, el sol
hasta que todo este fecundo río
de enamorado semen que conjuga,
inaccesible al tedio,
el suntuoso caudal de su apetito,
no desembca en sus entrañas mismas,
en el acre silencio de sus fuentes,
entre un fulgor de soles emboscados,
en donde nada es ni nada está,
donde el sueño no duele,
donde nada ni nadie, nunca, está muriendo
y solo ya, sobre las grandes aguas,
flota el Espíritu de Dios que gime
con un llanto más llanto aún que el llanto,
como si herido —¡ay, Él también!— por un cabello,
por el ojo en almendra de esa muerte
que emana de su boca,
hubiese al fin ahogado su palabra sangrienta.

¡ALELUYA, ALELUYA!

Mas la forma en sí misma no se cumple... (muerte sin fin)

Mas la forma en sí misma no se cumple.
Desde su insigne trono faraónico
magnánima,
deífica,
constelada de epítetos esdrújulos,
rige con hosca mano de diamante.
Está orgullosa de su orondo imperio.
¿En las augustas pituitarias de ónice
no juega, acaso, el encendido aroma
con que arde a sus pies la poesía?
¡Ilusión, nada más, gentil narcótico
que puebla de fantasmas los sentidos!
Pues desde ahí donde el dolor emite
¡oh turbio sol de pobre!
el esmerado brillo que lo embosca,
ay, desde ahí, presume la materia
que apenas cuaja su dibujo estricto
y ya es un jardín de huellas fósiles,
estruendoso fanal,
rojo timbre de alarma en los cruceros
que gobierna la ruta hacia otras formas.
La rosa edad que esmalta su epidermis
—senil recién nacida—
envejece por dentro a grandes siglos.
Trajo puesta la proa a lo amarillo.
El aire se coagula entre sus poros
como un sudor profuso
que se anticipa a destilar en ellos
una esencia de rosas subterráneas.
Los crudos garfios de su muerte suben,
como musgo, por grietas inasibles,
ay, la hostigan con tenues mordeduras
y abren hueco por fin a aquel minuto
—¡miradlo en la lenteja del reloj,
neto, puntual, exacto,
correrse un eslabón cada minuto!—
cuando al soplo infantil de un parpadeo,
la egregia masa de ademán ilustre
podrá caer de golpe hecha cenizas.

No obstante —por qué no?— también en ella
tiene un rincón el sueño,
árido paraíso sin manzana
donde suele escaparse de su rostro,
por el rostro marchito del espectro
que engendra, aletargada, su costilla.
El vaso de agua es el momento justo.
En su audaz evasión se transfigura,
tuerce la órbita de su destino
y se arrastra en secreto hacia lo informe.
La rapiña del tacto no se ceba
—aquí, en el sueño inhóspito—
sobre el templado nácar de su vientre,
ni la flauta Don Juan quela requiebra
musita su cachonda serenata.
El sueño es cruel,
ay, punza, roe, quema, sangra, duele.
Tanto ignora infusiones como ungüentos.
En los sordos martillos que la alfigen
la forma da en el gozo de la llaga
y el oscuro deleite del colapso.
Temprana madre de esa muerte niña
que nutre en sus escombros paulatinos,
anhela que se , , , , , hundan sus cimientos
bajo sus plantas, ay, entorpecidas
por una espesa lentitud de lodo;
oye nacer el trueno del derrumbe;
siente que su materia se derrama
en un prurito de ácidas hormigas;
que, ya sin peso, flota
y en un claro silencio se deslíe.
Por un aire de espejos inminentes
¡oh impalpables derrotas del delirio!
cruza entonces, a verlas desgarradas,
la airosa teoría de una nube.

Más que vaso -tambíen- más providente... (muerte sin fin)

¡Mas qué vaso —también— más providente!
Tal vez esta oquedad que nos estrecha
en islas de monólogos sin eco,
aunque se llama Dios,
no sea sino un vaso
que nos amolda el alma perdidiza,
pero que acaso el alma sólo advierte
en una transparencia acumulada
que tiñe la noción de Él, de azul.

El mismo Dios,
en sus presencias tímidas,
ha de gastar la tez azul
y una clara inocencia imponderable,
oculta al ojo, pero fresca al tacto,
como este mar fantasma en que respiran
—peces del aire altísimo—
los hombres.

¡Sí, es azul! ¡Tiene que ser azul!
Un coagulado azul de lontananza,
un circulante amor de la criatura,
en donde el ojo de agua de su cuerpo
que mana en lentas , , , , , ondas de estatura
entre fiebres y llagas;
en donde el río hostil de su conciencia
¡agua fofa, mordiente, que se tira,
ay, incapaz de cohesión al suelo!
en donde el brusco andar de la criatura
amortigua su enojo,
se redondea
como una cifra generosa,
se pone en pie, veraz, como una estatua.
¿Qué puede ser —si no— si un vaso no?
Un minuto quizá que se enardece
hasta la incandescencia,
que alarga el arrebato de su brasa,
ay, tanto más hacia lo eterno mínimo
cuanto es más hondo el tiempo que lo colma.
Un cóncavo minuto del espíritu
que una noche impensada,
al azar
y en cualquier escenario irrelevante
—en el terco repaso de la acera,
en el bar, entre dos amargas copas
o en las cumbres peladas del insomnio—
ocurre, nada más, madura, cae
sencillamente,
como la edad, el fruto y la catástrofe.
¿También —mejor que un lecho— para el agua
no es un vaso el minuto incandescente
de su maduración?
Es el tiempo de Dios que aflora un día,
que cae, nada más, madura, ocurre,
para tornar mañana por sorpresa
en un estéril repetirse inédito,
como el de esas eléctricas palabras
—nunca aprehendidas,
siempre nuestras—
que aluden el amor de la memoria,
pero que a cada instante nos sonríen
desde sus claros huecos
en nuestras propias frases despobladas.
Es un vaso de tiempo que nos iza
en sus azules botareles de aire
y nos pone su máscara grandiosa ay,
tan perfecta,
que no difiere un rasgo de nosotros.
Pero en las zonas ínfimas del ojo,
en su nimio saber,
no ocurre nada, no, sólo esta luz,
esta febril diafanidad tirante,
hecha toda de pura exaltación,
que a través de su nítida substancia
nos permite mirar,
sin verlo a Él, a Dios,
lo que detrás de Él anda escondido:
el tintero, la silla, el calendario
—¡todo a voces azules el secreto
de su infantil mécanica—
en el instante mismo que se empeñan
en el tortuoso afán del universo.

Lleno de mí, sitiado en mi epidermis... (muerte sin fin)

Conmigo está el consejo y el ser: yo
soy la inteligencia; mía es la fortaleza

PROVERBIOS, 8, 14

Con él estaba yo ordenándolo todo;y
fui su delicia todos los días, teniendo
solaz delante de él en todo tiempo.

PROVERBIOS, 8, 30

Mas el que peca contra mí defrauda
su alma; todos los que me aborrecen
aman la muerte.

PROVERBIOS, 8, 36


Lleno de mí, sitiado en mi epidermis
por un dios inasible que me ahoga,
mentido acaso
por su radiante atmósfera de luces
que oculta mi conciencia derramada,
mis alas rotas en esquirlas de aire,
mi torpe andar a tientas por el lodo;
lleno de mí —ahíto— me descubro
en la imagen atónita del agua,
que tan sólo es un tumbo inmarcesible,
un desplome de ángeles caídos
a la delicia intacta de su peso,
que nada tiene
sino la cara en blanco
hundida a medias ya, como una risa agónica,
en las tenues holandas de la nube
y en los funestos cánticos del mar
—más resabio de sal o albor de cúmulo
que sola prisa de acosada espuma.
No obstante —oh paradoja— constreñida
por el rigor del vaso que la aclara,
el agua toma forma.
En él se asienta, ahonda y edifica,
cumple una edad amarga de silencios
y un reposo gentil de muerte niña,
sonriente, que desflora
un más allá de pájaros
en desbandada.

En la red de cristal que la estrangula,
allí, como en el agua de un espejo,
se reconoce;
atada allí, gota con gota,
marchito el tropo de espuma en la garganta
¡qué desnudez de agua tan intensa,
qué agua tan agua,
está en su orbe tornasol soñando,
cantando ya una sed de hielo justo!

¡Mas qué vaso —también— más providente
éste que así se hinche
como una estrella en grano,, , , ,
que así, en heroica promisión, se enciende
como un seno habitado por la dicha,
y rinde así, puntual,
una rotunda flor
de transparencia al agua,
un ojo proyectil que cobra alturas
y una ventana a gritos luminosos
sobre esa libertad enardecida
que se agobia de cándidas prisiones!

Pero en las zonas ínfimas del ojo... (muerte sin fin)

Pero en las zonas ínfimas del ojo
no ocurre nada, no, sólo esta luz
—ay, hermano Francisco,
esta alegría,
única, riente claridad del alma.
Un disfrutar en corro de presencias,
de todos los pronombres —antes turbios
por la gruesa efusión de su egoísmo—
de mí y de Él y de nosotros tres
¡siempre tres!
mientras nos recreamos hondamente
en este buen candor que todo ignora,
en esta aguda ingenuidad del ánimo
que se pone a soñar a pleno sol
y sueña los pretéritos de moho,
la antigua rosa ausente
y el promedio fruto de mañana,
como un espejo del revés, opaco,
que al consultar la hondura de la imagen
le arrancara otro espejo por respuesta.
Mirad con qué pueril austeridad graciosa
distribuye los mundos en el caos,
los echa a andar acordes como autómatas;
al impulso didáctico del índice
oscuramente
¡hop!
los apostrofa
y saca de ellos cintas de sorpresas
que en un juego sinfónico articula,
mezclando en la insistencia de los ritmos
¡planta-semila-planta!
¡planta-semila-planta!
su tierna brisa, sus follajes tiernos,
su luna azul, descalza, entre la nieve,
sus mares plácidos de cobre
y mil y un encantadores gorgoritos.
Después, en un crescendo insostenible,
mirad cómo dispara cielo arriba,
desde el mar,
el tiro prodigioso de la carne
que aún a la alta nube menoscaba
con el vuelo del pájaro,
estalla en él como un cohete herido
y en sonoras estrellas precipita
su desbandada pólvora de plumas.
Mas en la médula de esta alegría,
no ocurre nada, no;
sólo un cándido sueño que recorre
las estaciones todas de su ruta
tan amorosamente
que no elude seguirla a sus infiernos,
ay, y con qué miradas de atropina,
tumefactas e inmóviles, escruta
el curso de la luz, su instante fúlgido,
en la piel de una gota de rocío;
concibe el ojo
y el intangible aceite, , , ,
que nutre de esbeltez a la mirada;
gobierna el crecimiento de las uñas
y en la raíz de la palabra esconde
el frondoso discurso de ancha copa
y el poema de diáfanas espigas.
Pero aún más —porque en su cielo impío
nada es tan cruel como este puro goce—
somete sus imágenes al fuego
de especiosas torturas que imagina
—las infla de pasión,
en el prisma del llanto las deshace,
las ciega con lustre de un barniz,
las satura de odios purulentos,
rencores zánganos
como una mala costra,
angustias secas como la sed del yeso.
Pero aún más —porque, inmune a la mácula,
tan perfecta crueldad no cede a límites—
perfora a la substancia de su gozo
con rudos alfileres;
piensa el tumor, la úlcera y el chancro
que habrán de festonar la tez pulida,
toma en su mano etérea a la criatura
y la enjuta, la hincha o la demacra,
como a un copo de cera sudorosa,
y en un ilustre hallazgo de ironía
la estrecha enternecido
con los brazos glaciales de la fiebre.

Mas nada ocurre, no, sólo este sueño
desorbitado
que se mira a sí mismo en plena marcha;
presume, pues, su termino inminente
y adereza en el acto
el plan de su fatiga,
su justa vacación,
su domingo de gracia allá en el campo,
al fresco albor de las camisas flojas.
¡Qué trebolar mullido, qué parasol de niebla,
se regala en el ánimo
para gustar la miel de sus vigilias!
Pero el ritmo es su norma, el solo paso,
la sola marcha en círculo, sin ojos;
así, aun de su cansancio, extrae
¡hop!
largas cintas de sorpresas
que en un constante perecer enérgico,
en un morir absorto,
arrasan sin cesar su bella fábrica
hasta que —hijo de su misma muerte,
gestado en la aridez de sus escombros—
siente que su fatiga se fatiga,
se erige a descansar de su descanso
y sueña que su sueño se repite,
irresponsable, eterno,
muerte sin fin de una obstinada muerte,
sueño de garza anochecido a plomo
que cambia sí de pie, mas no de sueño,
que cambia sí la imagen,
mas no la doncellez de su osadía
¡oh inteligencia, soledad en llamas!
que lo consume todo hasta el silencio,
sí, como una semilla enamorada
que pudiera soñarse germinando,
probar en el rencor de la molécula
el salto de las ramas que aprisiona
y el gusto de su fruta prohibida,
ay, sin hollar, semilla casta,
sus propios impasibles tegumentos.

Pausas ii

No canta el. grillo. Ritma
la música
de una estrella.

Mide
las pausas luminosas
con su reloj de arena.

Traza, , , ,
sus órbitas de oro
en la desolación etérea.

La buena gente piensa
-sin embargo-
que canta una cauta
de música en la hierba.

Dibujos sobre un puerto

3. Nocturno


El silencio por nadie se quebranta,
y nadie lo deplora., , , ,
Sólo se canta
la puesta del sol, desde la aurora.
Mas la luna, con ser
de luz a nuestro simple parecer,
nos parece sonora
cuando derraman sus manos ligeras
las ágiles sombras de las palmeras.

Muerte sin fin (fragmentos)

I
Lleno de mí, sitiado en mi epidermis
por un dios inasible que me ahoga,
mentido acaso
por su radiante atmósfera de luces
que oculta mi conciencia derramada,
mis alas rotas en esquirlas de aire,
mi torpe andar a tientas por el lodo;
lleno de mí —ahito— me descubro
en la imagen atónita del agua,
que tan sólo es un tumbo inmarcesible,
un desplome de ángeles caídos
a la delicia intacta de su peso,
que nada tiene
sino la cara en blanco
hundida a medias, ya, como una risa agónica,
en las tenues holandas de la nube
y en los funestos cánticos del mar
—más resabio de sal o albor de cúmulo
que sola prisa de acosada espuma.
No obstante —oh paradoja— constreñida
por el rigor del vaso que la aclara,
el agua toma forma.
En él se asienta, ahonda y edifica,
cumple una edad amarga de silencios
y un reposo gentil de muerte niña,
sonriente, que desflora
un más allá de pájaros
en desbandada.
En la red de cristal que la estrangula,
allí, como en el agua de un espejo,
se reconoce;
atada allí, gota a gota,
marchito el tropo de espuma en la garganta,
¡qué desnudez de agua tan intensa,
qué agua tan agua,
está en su orbe tornasol soñando,
cantando ya una sed de hielo justo!
¡Mas qué vaso —también— más providente
éste que así se hinche
como una estrella en grano,
que así, en heroica promisión, se enciende
como un seno habitado por la dicha,
y rinda así, puntual,
una rotunda flor
de transparencia al agua,
un ojo proyectil que cobra alturas
y una ventana a gritos luminosos
sobre esa libertad enardecida
que se agobia de cándidas prisiones!

IV

¡Oh inteligencia, soledad en llamas,
que todo lo concibe sin crearlo!
Finge el calor del lodo,
su emoción de sustancia adolorida,
el iracundo amor que lo embellece
y lo encumbra más allá de las alas
a donde sólo el ritmo
de los luceros llora,
mas no le infunde el soplo que lo pone en pie
y permanece recreándose en sí misma,
única en Él, inmaculada, sola en Él,
reticencia indecible,
amoroso temor de la materia,
angélico egoísmo que se escapa
como un grito de júbilo sobre la muerte
—¡oh inteligencia, páramo de espejos!
helada emanación de rosas pétreas
en la cumbre de un tiempo paralítico;
pulso sellado;
como una red de arterias temblorosas,
hermético sistema de eslabones
que apenas se apresura o se retarda
según la intensidad de su deleite;
abstinencia angustiosa
que presume el dolor y no lo crea,
que escucha ya en la estepa de sus tímpanos
retumbar el gemido del lenguaje
y no lo emite;
que nada más absorbe las esencias
y se mantiene así, rencor sañudo,
una, exquisita, con su dios estéril,
sin alzar entre ambos
la sorda pesadumbre de la carne,
sin admitir en su unidad perfecta
el escarnio brutal de esa discordia
que nutren vida , , , , y muerte inconciliables,
siguiéndose una a otra
como el día y la noche,
una y otra acampadas en la célula
como en un tardo tiempo de crepúsculo,
ay, una nada más, estéril, agria,
con Él, conmigo, con nosotros tres;
como el vaso y el agua, sólo una
que reconcentra su silencio blanco
en la orilla letal de la palabra
y en la inminencia misma de la sangre.
¡Aleluya, aleluya!

Tan-tan! ¿quién es? es el diablo... (muerte sin fin)

¡Tan-tan! ¿Quién es? Es el Diablo,
es una espesa fatiga,
un ansia de trasponer
estas lindes enemigas,
este morir incesante,
tenaz, esta muerte viva,
¡oh Dios! que te está matando
en tus hechuras estrictas,
en las rosas y en las piedras,
en las estrellas ariscas
y en la carne que se gasta
como un hoguera encendida,
por el canto, por el sueño,
por el color de la vista.

¡Tan-tan! ¿Quién es? Es el Diablo,
ay, una ciega alegría,
un hambre de consumir
el aire que se respira,
la boca, el ojo, la mano;
estas pungentes cosquillas
de disfrutarnos enteros
en sólo un golpe de risa,
ay, esta muerte insultante,
procaz, que nos asesina
a distancia, desde el gusto
que tomamos en morirla,
por una taza de té,
por una apenas caricia. , , , ,

¡Tan-tan! ¿Quién es? Es el Diablo,
es una muerte de hormigas
incansables, que pululan
¡oh Dios sobre tus astillas,
que acaso ta han muerto allá,
siglos de edades arriba,
sin advertirlo nosotros,
migajas, borra, cenizas
de ti, que sigues presente
como una estrella mentida
por su sola luz, por una
luz sin estrella, vacía,
que llega al mundo escondiendo
su catástrofe infinita.

(BAILE)

Desde mis ojos insomnes
mi muerte me está acechando,
me acecha, sí, me enamora
con su ojo lánguido.
¡Anda, putilla del rubor helado,
anda, vámonos al diablo!

La orilla del mar

No es agua ni arena
la orilla del mar.

El agua sonora
de espuma sencilla,
el agua no puede
formarse la orilla.
Y porque descanse
en muelle lugar,
no es agua ni arena
la orilla del mar., , , ,

Las cosas discretas,
amables, sencillas;
las cosas se juntan
como las orillas.

Lo mismo los labios,
si quieren besar.
No es agua ni arena
la orilla del mas.

Yo sólo me miro
por cosa de muerto;
solo, desolado,
como en un desierto.

A mi venga el lloro,
pues debo penar.
No es agua ni arena
la orilla del mar.

(De Canciones para cantar en las barcas)

JOSÉ GOROSTIZA

José Gorostiza (1901-1973). Poeta mexicano, perteneció al grupo Contemporáneos.

Nació en Villahermosa (Tabasco). Sin ser polémico, fue el que mejor integró en su poesía las distintas búsquedas del grupo Contemporáneos. Extremadamente riguroso, sólo publicó dos libros: Canciones para cantar en las barcas (1925) y Muerte sin fin (1939). En el primero coinciden una búsqueda por la expresión poética pura, el interés por la métrica tradicional y los temas populares (véase Versificación). La interrelación de estos elementos le permite escribir poemas aparentemente simples pero sumamente , , , , complejos en su significación y lirismo. El segundo es uno de los más importantes poemas largos escritos en español. En él, los versos dejan la simplicidad y, sin abandonar el diálogo entre vida común y expresión exacta, se sumergen en una búsqueda poética exhaustiva del ser, del mundo y de la muerte. Poesías (1964) reúne los libros anteriores, poemas inconclusos bajo el título Del poema frustrado y el ensayo Notas sobre poesía. Una edición posterior incluye materiales no recopilados con anterioridad. Murió en la ciudad de México.

A mis amigos

Cuando no reste ya ni un solo grano
de mi existencia en el reloj de arena,
al conducir mi gélido cadáver,
no olvidéis esta súplica postrera:

No lo encerréis en los, , , , angostos nichos
que llenan la pared formando hileras,
que en la lóbrega, angosta galería
jamás el sol de mi país penetra.

El campo recorred del cementerio,
y en el suelo cavad mi pobre huesa;
que el sol la alumbre y la acaricie el aura,
y que broten allí flores y hierbas.

Que yo pueda sentir, si allí se siente,
a mi alrededor y sobre mí, muy cerca,
el vivo rayo de mi sol de fuego
y esta adorada borinqueña tierra.

Canto a puerto rico

¡Borinquen!, nombre al pensamiento grato
como el recuerdo de un amor profundo;
bello jardín de América el ornato,
siendo el jardín América del mundo.

Perla que el mar de entre su concha arranca
al agitar sus ondas placenteras;
garza dormida entre la espuma blanca
del níveo cinturón de tus riberas.

Tú que das a la brisa de los mares
al recibir el beso de su aliento
la garzota gentil de tus palmares;

Qué pareces en medio de la bruma
al que llega a tus , , , , playas peregrinas,
una ciudad fantástica de espumas
que formaron jugando las ondinas;

Un jardín encantado
sobre las aguas de la mar que domas;
un búcaro de flores columpiado
entre espuma y coral, perlas y aromas;

Tú, que en las tardes sobre el mar derramas,
con los colores que tu ocaso viste,
otro océano de flotantes llamas;

Tú que me das el aire que respiro
y vida al ritmo que en mi lira brota,
cuando la inspiración en raudo giro
con sus alas flamígeras azota
la frente del cantor, ¡Oye mi acento!

El santo amor que entre mi pecho guardo
te pintará su rústica armonía;
por ti lo lanzo a la región del viento,
tu amor lo dicta al corazón del bardo
y el bardo en él su corazón de envía.

¡Oyelo, patria! El último sonido
será, tal vez, de mi laúd; muy pronto
partiré a las regiones del olvido.

Mi juventud efímera se merma
y ya en su carcel habitar no quiere
el alma melancólica y enferma.

Antes que llegue mi postrero día
y mi cantar se extinga con mi aliento,
toma ¡Patria!, mi última poesía;
¡Ella es de mi amor el testamento!
¡Ella el adiós que tu cantor te envía!

JOSÉ GAUTIER BENITEZ

José Gautier Benítez (1848-1880). Nació en Caguas, Puerto Rico, y aunque aún no se ha esclarecido la fecha exacta de su nacimiento, se suele aceptar como tal el 12 de abril de 1848.

En 1876 ayudó a gestionar la creación del Ateneo Puertorriqueño. En 1878 fundó junto a Manuel de Elzaburu, la Revista Puertorriqueña.

José Gautier Benítez es el poeta más representativo del romanticismo puertorriqueño.

Su obra poética es muy , , , , breve (menos de un centenar de poemas), pero de superior calidad en la lírica puertorriqueña de aquel momento. Sus versos se publicaron póstumamente bajo el título de Poesías (1880).

Sus temas principales son Dios, la vida-muerte, la patria. Los poemas Dios y La barca recogen los primeros dos temas. A Puerto Rico (Ausencia), A Puerto Rico (Regreso) y A Puerto Rico son cumbres de su poesía a la patria.

El Canto A Puerto Rico fue premiado por el Ateneo Puertorriqueño en 1879.

Murió en San Juan el 24 de enero de 1880.

La causa

La gruesa sensualidad
deste cuerpo ponderoso
que traemos
empide la claridad
del spíritu glorioso
que tenemos,
y hasta ser divididos
cada qual destos estremos
sobre si
no pueden ser conocidos
los secretos que creemos
que hay en ti.

Las ánimas despojadas
desta lodosa materia
, , , , veen claras
estas cosas ocultadas:
tu condición, tu miseria,
tus dos caras:
la una con que nos guías
a los dulces apetitos
temporales
con la otra nos envías
a tormentos infinitos
infernales.

A una prima suya que le estorvava unos amores

Quanto el bien temprar concierta
al buen tañer y conviene,
tanto daña y , , , , desconcierta
la prima falsa que tien;
pues no aprovecha templalla,
ni por ello mejor suena,
por no estar en esta pena,
muy mejor será quebralla
que pensar hazella buena.

Apéndice

Son las glorias y deleites
que en este siglo prestado
más aplazen
unos fengidos , , , , afeites
que con viento muy delgado
se deshacen.
De ti, mundo, nos quexamos
con razón y causa fuerte,
pues que vemos
que contino te tratamos
y antes de conocerte
te perdemos

O, mundo, pues que nos matas...(ii)

Es tu comienzo lloroso,
tu salida siempre amarga
y nunca buena;
lo de enmedio, , , , , trabajoso,
y a quien das vida más larga
le das pena.
Assí los bienes-muriendo
y con sudor- se procuran
y los das;
los males vienen corriendo;
después de venidos, duran
mucho más.

Fin

Todas esta propiedades
tiene el verdadero amor.
El falso, mis , , , , falsedades,
mil mentiras, mil maldades,
como fengido traidor.

El toque para tocar
cuál amor es bien forjado,
es sofrir el desamar,
que no puede comportar
el falso sobredorado.

O, mundo, pues que nos matas...

O, mundo, pues que nos matas,
fuera la vida que diste
toda vida;
mas según , , , , acá nos tratas,
lo mejor y menos triste
es la partida
de tu vida, tan cubierta
de tristezas y dolores,
despoblada;
de los bienes tan desierta,
de placeres y dulzores
despojada.

Escala de amor

Estando triste, seguro,
mi voluntad reposaba,
cuando escalaron el muro
do mi libertad estaba.
A escala vista subieron
vuestra beldad y mesura,
y tan de recio hirieron,
que vencieron mi cordura.

Luego, todos mis sentidos
huyeron a lo más fuerte,
mas iban ya mal heridos
con sendas llagas de muerte;
y mi libertad , , , , quedó
en vuestro poder cativa;
mas gran placer hove yo
desque supe que era viva.

Mis ojos fueron traidores,
ellos fueron consintientes,
ellos fueron causadores
que entras en aquestas gentes;
que el atalaya tenían
y nunca dixeron nada
de la batalla que vían,
ni hizieron ahumada.

Después que hovieron entrado,
aquestos escaladores
abrieron el mi costado
y entraron vuestros amores,
y mi firmeza tomaron,
y mi corazón prendieron,
y mis sentidos robaron,
y a mí sólo no quisieron.

Porque estando él durmiendo le besó su amiga

Vos cometistes trayción,
pues me heristes, durmiendo,
d′una herida qu′entiendo
el desseo d′otra tal
herida como me distes,
que no la llaga ni mal
ni daño que me, , , , hezistes.

Perdono la muerte mía;
mas con tales condiciones,
que de tales trayciones
cometáys mil cada día;
pero todas contra mí,
porque, d′aquesta manera,
no me plaze que otro muera,
pues que yo lo merescí.

FIN

Más plazer es que pesar
herida c′otro mal sana:
quien durmiendo tanto gana
nunca deve despertar.

Diciendo qué cosa es amor

Es amor fueza tan fuerte,
que fuerza toda razón;
una fuerza de tal suerte,
que todo seso convierte
en su fuerza y afición;

una porfía forzosa
que no se puede vencer,
cuya fuerza porfiosa
hazemos más poderosa
queriéndonos defender.

Es plazer en c’ay dolores,
dolor en c’ay alegría,
un pesar en c’ay , , , , dulzores,
un esuerzo en c’ay temores,
temor en c’ay osadía;

un plazer en c’ay enojos,
una gloria en c’ay pasión,
una fe en c’ay antojos,
fuerza que hacen los ojos
al seso y al corazón.

Es un catividad
sin parecer las prisiones;
un robo de libertad,
un forzar de voluntad
donde no valen razones;

una sospecha celosa
causada por el querer,
una rabia deseosa
que no sabe qu’es la cosa
que desea tanto ver.

Es un modo de locura
con las mudanzas que haze:
una vez pone tristura,
otra vez causa holgura:
como lo quiere y le plaze.


Un deseo que al ausente
trabaja, pena y fatiga;
un recelo que al presente
haze callar lo que siente,
temiendo pena que diga.

FIN

Todas estas propiedades
tiene el verdadero amor.
El falso, mil falsedades,
mil mentiras, mil maldades,
como fengido traidor.

El toque para tocar
cuál amor es bien forjado,
es sofrir el desamar,
que no puede comportar
el falso sobredorado.

Canción (no sé por qué...)

No sé por qué me fatigo,
pues con razón me vencí,
no siendo nadie conmigo
y vos y yo contra mí.
, , , ,
Vos por m′aver desamado,
yo por haveros querido,
con vuestra fuerza y mi grado
avemos a mí vencido;
pues yo fuy mi enemigo
en darme como me di,
¿qién osará ser amigo
del enemigo de sí?

JORGE MANRIQUE

Jorge Manrique (1440-1479). Caballero y poeta español.

Nació en Paredes de Nava (Palencia), aunque ni la fecha ni el lugar de su nacimiento sean datos absolutamente seguros; algunos autores consideran que probablemente fue Segura de la Sierra el lugar de su nacimiento. Pertenecía a una familia de antiguo y noble abolengo castellano y era hijo de don Rodrigo Manrique, maestre de la orden de Santiago, orden a la que la familia Manrique estará muy vinculada. Desde 1465 Jorge Manrique aparece involucrado en actividades guerreras; participó en la guerra , , , , civil entre el rey Enrique IV de Castilla y la nobleza. A la muerte del rey, en 1474, tomará parte en la guerra civil castellana entre los partidarios de Juana la Beltraneja, la hija de Enrique IV, y los de Isabel la Católica, hermanastra del rey. Los Manrique estuvieron siempre del lado de Enrique IV frente a la nobleza y del lado de Isabel frente a su sobrina Juana. Entre los hechos de armas en los que participó Jorge Manrique destacan la ocupación de Ciudad Real (verano de 1475) y la batalla de Uclés (1476). Ya al final de la guerra civil castellana fue herido en un enfrentamiento secundario, el asalto al castillo de Garci-Muñoz, defendido por el marqués de Villena, y murió el 24 de abril de 1479 en Santa María del Campo (Cuenca).

Jorge Manrique era sobrino de Gómez Manrique, uno de los hombres más representativos de las letras castellanas del siglo XV. De Jorge Manrique sólo se conservan cuarenta y ocho poemas; la mayoría de los cuales es de tema amoroso, aunque hay alguno de carácter burlesco y las Coplas a la muerte del maestre de Santiago don Rodrigo Manrique su padre, de hondo contenido moral. Si no fuera por las Coplas, Manrique sería uno más entre los muchísimos poetas que en el siglo XV cantaban a sus damas con los tópicos del amor cortés. Pero la hondura y sinceridad con que el poeta expresa sus sentimientos ante la brevedad de la vida y la vanidad de las cosas mundanas, además de la emoción con que transmite el elogio fúnebre de su padre, hacen de las Coplas no sólo la más famosa elegía de la literatura española sino una de sus cumbres.

El misterio sacramental

Señores e amigos, vasos del Criador,
que bevedes la sangne del vero Salvador,
aquí seet devotos, de temprado sabor,
aquí yaz el meollo de la nuestra lavor.

En el día precioso de la pascua mayor
que es resurrección del nuestro Salvador
la su carne comemos, de pan ha el sabor
la su sangne bevemos, ¡grado al Criador!

El pan que sobre’l ara , , , , consegra el abat,
en su carne se torna, ésta es la verdad;
el vino torna en sangne, salud de christiandad,
el sabor non acuerda con la proprïedad.

En el pan y el vino, hi finca el sabor,
mas non es pan nin vino, cosa es muy mejor;
cuerpo es de don Christo, el nuestro Salvador;
qui esto non creyesse serié en grant error.

Los signos del juicio final

Sennores, si quisiéssedes attender un poquiello,
querríavos contar un poco de ratiello
un sermón que fue preso de un sancto libriello,
que fizo sant Jerónimo, un precioso cabdiello.

Nuestro padre Jherónimo, pastor de nos e tienda,
leyendo en ebreo en essa su leyenda,
trovó cosas estrannas, de estranna facienda;
qui las oír quisiere, tenga que bien merienda.

Trovó el omne bueno entre todo lo ál,
que ante del Judicio, del Judicio cabdal,
verrán muy grandes signos, un fiero temporal,
que se verá el mundo en pressura mortal.

Por esso lo escripso el varón acordado,
que se tema el pueblo que anda desvïado,
mejore en costumnes, faga a Dios pagado,
que non sea de Christo estonz desemparado.

Esti será el uno de los signos dubdados,
subirá a las nubes el mar muchos estados,
más alto que las sierras e más que los collados,
tanto que en sequero fincarán los pescados.

Pero en su derecha será él muy quedado,
non podrá estenderse, será como elado,
como parés enfiesta o muro bien labrado,
quiquiere que lo vea será mal espantado.

En el secundo día pareçrá affondado,
más vaxo que la tierra, bien tant com fue pujado;
de catarlo nul omne sól non será pensado,
pero será aína en su virtut tornado.

En el tercero signo nos conviene fablar,
que será grant espanto e un fiero pesar,
andarán los pescados todos sobre la mar,
metiendo grandes voces, non podiendo quedar.

Las aves esso misme, menudas e granadas,
andarán dando gritos todas mal espantadas;
assí farán las bestias por domar e domadas,
non podrán a la noche tornar a sus posadas.

El signo empués ésti es mucho de temer,
los mares e los ríos ardrán a grant poder;
desarrarán los omnes, iránse a perder,
querriénse si podiessen so la tierra meter.

El quinto de los signos será de grant pavura,
de yervas e de árbores e de toda verdura,
como diz sant Jherónimo, manará sangre pura;
los que no lo vidieren serán de grant ventura.

Será el día sexto negro e carboniento,
non fincará ninguna lavor sobre cimiento,
nin castiellos nin torres, nin otro fraguamiento,
que non sea destructo e todo fondamiento.

En el día seteno verrá priessa mortal,
avrán todas las piedras entre sí lit campal;
lidiarán como omnes que, se quieren fer mal,
todas se farán piezas menudas como sal.

Los omnes con la cuyta e con esta pressura,
con estos tales signos de tan fiera figura,
buscarán do se metan en una angostura;
dizrán: "Montes, cobritnos ca somos en ardura."

En el octavo día verrá otra miseria:
tremerá tod el mundo mucho de grant manera,
non se terrá en piedes ninguna cannavera
que en tierra non caya, non será tan ligera.

En el noveno día verrán otros porteros,
aplanar′s án las sierras e todos los oteros;
serán de los collados los valles companneros,
todos serán iguales, carreras e senderos.

El día que viniere, el noveno passado,
istrán todos los omnes, quisque de su forado;
andarán estordidos, pueblo mal desarrado,
mas de fablar ninguno sól non será pensado.

El del onzeno día, si saberlo queredes,
será tan bravo signo que vos espantaredes;
abrirse án las fuessas que cerradas veedes,
istrán fuera los huessos de entre las paredes.

Non será el dozeno qui lo ose catar,
ca verá por el Zielo grandes flamas volar;
verá a las estrellas caer de su logar
como caen las fojas quand caen del figar.

Del trezeno fablemos, los otros terminados,
morrán todos los omnes, menudos e granados,
mas a poco de término serán resucitados,
por venir al Judicio justos e condenados.

El día quarto décimo será fiera varata,
ardrá todo el mundo, el oro e la plata,
balanquines e púrpuras, xamit et escarlata,
non fincará conejo en cabo nin en mata.

El día postremero, como diz el propheta,
el ángel pregonero sonará la cometa;
oírlo án los muertos, quisque en su capseta,
correrán al Judicio quisque con su maleta.

Quantos nunca nascieron e fueron engendrados,
quantos almas ovieron, fueron vivificados,
si los comieron aves o fueron ablentados,
todos en aquel día allí serán juntados.

Quantos nunca murieron en qualquiere edat,
o ninnos o eguados, o en grant vegedat,
todos de treinta annos, cuento de Trinidat,
verrán en essi día ante la Magestat.

Serán puestos los justos a la diestra partida,
los malos a siniestro, pueblo sines medida;
el Rey será en medio con su az revestida,
cerca de la Gloriosa, de caridat complida.

Allí será traído Judas el traïdor,
que por su abze mala vendió a su Sennor;
como él lo meresce verrá con tal honor,
veráse en porfazo, non podrié en mayor.

Tornar′s há a los justos el Reï glorïoso,
ferlis há un sermón temprado e sabroso:
"Venit los benedictos del mi Padre precioso,
recebit el mi regno largo e delicioso.

Rescebit gualardón de lo que me sirviestes,
ca quando ovi famne vos bien me apaciestes,
vidiéstesme sediento, bien a bever me diestes,
si me menguó vestido, de grado me vestiestes.

Quando a vuestras puertas demandava posada,
vos luego me la diestes con voluntat pagada;
en las cuitas que ovi, trové en vos entrada,
quiérovos yo agora de todo dar soldada.

De lo que me serviestes, buen gualardón avredes,
por seculorum sécula conmigo regnaredes;
vivredes en grant gloria, nunca pesar veredes,
siempre laudes angélicas ante mí cantaredes."

Tornará a siniestro sannoso e irado,
dezirlis há por nuevas un esquivo mandado:
"Idvos los maledictos, ministros del Peccado,
it con vuestro maestro, , , , , vuestro adelantado.

It arder en el fuego que está avivado,
pora vos e a Lúcifer, a todo su fonsado;
acorro non avredes, esto es delibrado,
a qual sennor serviestes recibredes tal dado.

Quando famne avía, andava muy lazrado,
oírme non quisiestes nin darme un bocado;
si yo grant set avía, non aviédes cuidado,
e muy bien vos guardastes de darme hospedado.

Si vos alguna cosa me oviéssedes dada,
yo bien vos la terría agora condessada;
mas soviestes tan cruos que non me diestes nada;
yo la vuestra crüeza non la he oblidada.

Quando el pobreciello a vuestra puerta vino,
pediendo en mi nomne con hávito mezquino,
vos dar no li quisiestes nin del pan nin del vino,
oy si vos d′é1 pensássedes él vos serié padrino."

Presos serán los ángeles, ángeles infernales,
con cadenas ardientes e con fuertes dogales;
cogerlos án delante con azotes mortales,
?Jhesu Christo nos guarde de tales serviciales!

Levarlos án al fuego, al fuego infernal,
do nunca verán lumne si non cuyta e mal;
darlis án sendas sayas de áspero sayal,
tal que cascuna d′ellas pesará un quintal.

Avrán famne e frío, temblor e calentura,
ardor buelto con frío, set fiera sin mesura;
entre sus corazones avrá muy grant ardura,
que creer non quisieron la Sancta Escriptura.

Comerlos án serpientes e los escorpiones,
que an amargos dientes, agudos aguijones;
meterlis án los rostros fasta los corazones,
nunca avrán remedio en ningunas sazones.

Darlis án malas zenas e peores yantares,
grant fumo a los ojos, grant fedor a las nares,
vinagre a los lavios, fiel a los paladares,
fuego a las gargantas, torzón a los ijares.

Colgarán de las lenguas los escatimadores,
los que testiguan falso e los escarnidores;
non parcirán a reyes nin a emperadores,
avrán tales servientes quales fueron sennores.

Los omnes cobdiciosos del aver monedado,
que por ganar riqueza non dubdan fer peccado,
metránlis por las vocas el oro regalado,
dizrán que non oviessen atal aver ganado.

Los falsos menestrales e falsos labradores
allí darán derecho de las falsas lavores,
allí prendrán emienda, de los falsos pastores;
que son de fer cubiertas maestros savidores.

Algunos ordenados que lievan las obladas,
que viven seglarmente, tienen sucias posadas,
no lis avrán vergüenza las vestias enconadas,
darlis án por ofrenda grandes aguijonadas.

Los omnes soverviosos que roban los mezquinos,
que lis tuellen los panes, assí facen los vinos,
andarán mendigando corvos como encinos;
conteçrá esso mismo a los malos merinos.

Los que son invidiosos, aquessos malfadados,
qui por el bien del próximo andan descolorados,
serán en el infierno de todos coceados,
ferlis án lo que facen madrastras a annados.

Las penas del infierno de dur serién contadas,
ca d′éstas son muchas e mucho más granadas;
Jhesu Christo nos guarde de tales pescoçadas,
qui guardó a sant Peidro ennas ondas iradas.

Cambiemos la materia, en otro son cantemos,
en raçón desabrida mucho non detardemos;
a la buena companna de los justos tornemos,
el bien que esperamos, esso versifiquemos.

El Reï de los reyes, alcalde derechero,
qui ordena las cosas sin ningún consegero,
con su processión rica, pero El delantero,
entrará enna gloria del Padre verdadero.

La companna preciosa, de Christo consagrada,
del Padre benedicta, del Fijo combidada,
entrará en el Cielo alegre e pagada,
rendiendo a Dios gracias, a la Virgen ondrada.

Los ángeles del Cielo farán grant alegría,
nunca mayor d′aquélla ficieron en un día,
ca verán que lis cresze solaz e compannía,
¡Dios mande que entremos en essa confradía!

Dexemos de las penas de los malastrugados,
digamos de los gozos de los bienventurados;
éstos serán más grandes, demás serán doblados,
la alma con el cuerpo ambos serán juntados.

El cuerpo e la alma yaçrán en refrigerio,
esso clama doblado gozo el evangelio;
otrosí los dampnados avrán doble lazerio,
devié movernos mucho sólo esti proverbio.

De la primera gracia vos queremos decir,
avrán vida sin término, nunca an de morir;
demás serán tan claros, ?non vos cuido mentir?
non podrién siete soles tan fuertmientre lucir.

Serán mucho sobtiles, en veer muy certeros,
no lis farán embargo nin sierras nin oteros,
nin nieblas nin colinas, nin leguas nin migeros,
verán del mundo todo los cabos postremeros.

Avrán la quarta gracia por mayor complimiento,
serán mucho ligeros más que non es el viento;
volarán sus e yuso a todo su taliento,
en escripto yaz esto, sepades, non vos miento.

Assí serán ligeros, ésta es la verdat,
como es en nos mismos la nuestra voluntat,
que corre quanto quiere sin nulla cansedat;
en qual comarca quiere, y prende vezindat.

Avrán el quinto gozo que de todos más val,
que serán bien seguros de nunca aver mal;
sennor que a sus siervos da gualardón atal,
éssi es verdadero, nadi non crea ál.

Todos abrán femencia en laudar al Sennor,
avrán entre sí todos caridat e amor;
non terrán por la paz oración nin clamor,
nin catarán las nubes si tienen mal color.

Jhesu Christo nos lieve a essa compannía,
do tantos bienes yazen e tanta alegría;
guíenos la Gloriosa, Madre Sancta María,
que es fuente de gracia e mana cada día.

Quando el Rey de Gloria vinier a judicar,
bravo como león que se quiere cevar,
¿quí será tan fardido que lo ose sperar?
ca el leon irado save mal trevejar.

Las Virtudes del Cielo, dizlo la Escriptura,
las que nunca ficieron liviandat nin locura,
éssas en essi día avrán muy grant pavura,
ca verán el alcalde irado sin mesura.

Quand los ángeles sanctos tremerán con pavor,
que yerro non ficieron contra el su Sennor,
¿qué faré yo, mezquino, que só tan peccador?
Bien d′agora m′espanto, tanto he grant pavor.

Porque de la su vista me quiera asconder,
nin será aguisado nin avría poder;
yo razón non podría contra El mantener,
seo mal aguisado por ant El parescer.

Non avrá essi día ningunos rogadores,
todos serán callando, justos e peccadores;
todos avrán grant miedo e muy grandes temblores,
pero los de siniestro más grandes e peores.

Verán por el su ojo los infiernos ardientes,
como tienen las vocas abiertas las serpientes,
como sacan las lenguas e aguzan los dientes,
entendrán bien que tienen a mala parte mientes.

Aquél será el día que diz la Escriptura,
que será mucho luengo e de grant amargura,
onde deviémos todos aver ende pavura;
será qui ál ficiere de grant mala ventura.

Luengo será el día a los bienventurados,
ca nunca avrán noche que sean embargados;
será amargo mucho pora los condempnados,
que serán pora siempre del bien desfeduzados.

El día del Judicio mucho es de temer,
más que ninguna cosa que podiesse seer;
avrá omne sus males ante sí a traer,
non podrá nulla cosa de su mal esconder.

Todo quanto que fizo, menudo e granado,
fuera si penitencia lo ovo deslavado,
todo será a ojo en medio del mercado,
conoscerlo án todos, non lis será celado.

Las vidas de los omnes allí serán contadas,
de malos e de buenos serán fuert porfazadas;
como serán abiertas sin puertas las posadas,
pareçrán las paredes que fueron mal tapiadas.

La cuyta del Judicio será muy desguisada,
por omnes nin por ángeles nunca será asmada;
¡válanos Jhesu Christo, la su Virtut sagrada,
que estonz non podamos caer en desprunada!

Si cataren a suso verán a Dios irado,
de yuso el infierno, ardient e avivado,
derredor los dïablos sobra grant en fonsado;
con visïón tan brava ¿quí non será coytado?

Si cerraren los ojos porque non vean nada,
dentro será el bierven que roe la corada;
la mala repindencia de la vida passada,
que fue mala e sucia, fedient e enconada.

Jhesu Christo nos guarde de tales visiones,
a todos los christianos, mugieres e varones;
pora′l dïablo sean tales discreciones,
que da a sus amigos amargos gualardones.

Los qui somos christianos e en Christo creemos,
si estas visïones escusarlas queremos,
mejoremos las vidas, penitencia tomemos,
ganaremos la Gloria, el mal escusaremos.

Digamos Pater Nóster que nos esto ganemos,
laudemos la Gloriosa, mercet nos li clamemos;
todos Ave María a su honor cantemos,
que nos con el su Fijo e con ella regnemos. Amen.

El novio y la virgen

Enna villa de Pisa, cibdat bien cabdalera,
en puerto de mar iaze rica de grand manera,
avié hi un calonge de buena alcavera,
dizién Sant Cassian ond el calonge era.

Como fizieron otros que de suso contamos,
que de Sancta María fueron sos capellanos,
ésti amóla mucho, más que muchos christianos,
e faziéli servicio de piedes e de manos.

Non avie essi tiempo uso la clerecía
dezir ningunas oras a ti, Virgo María,
pero elli dizielas siempre e cada día,
avie en la Gloriosa sabor e alegría.

Avien los sos parientos esti fijo sennero,
quando ellos finassen era buen eredero;
dessávanli de mueble assaz rico cellero,
tenié buen casamiento, assaz cobdiziadero.

El padre e la madre quando fueron finados,
vinieron los parientes tristes e desarrados:
diziénli que fiziesse algunos engendrados,
que non fincassen yermos logares tan preciados.

Cambióse del propósito, del que ante tenié,
moviólo la ley del sieglo, dixo que lo farié;
buscáronli esposa qual a él convenié,
destajaron el día que las bodas farié.

Quando vino el día de las bodas correr,
iva con sos parientes la esposa prender;
tan bien en la Gloriosa non podié entender,
como lo solié ante otro tiempo fazer.

Yendo por la carrera a complir el so depuerto,
membról de la Gloriosa, que li yazié en tuerto,
tóvose por errado e tóvose por muerto,
asmó bien esta cosa quel istrié a mal puerto.

Asmando esta cosa de corazón cambiado,
halló una eglesia, lugar a Dios sagrado,
dessó las otras yentes fuera del portegado,
entró fer oración el novio refrescado.

Entró en la eglesia al cabero rencón,
inclinó los enojos fazié su oración,
vínoli la Gloriosa, plena de bendición,
como qui sannosamientre, dissoli tal razón:

«Don fol malastrugado, torpe e enloquido,
¿en qué roídos andas? ¿en qué eres caído?
Semejas ervolado, que as yervas bevido,
o que eres del blago de Sant Martín tannido.

Assaz eras varón bien casado comigo,
yo mucho te quería como a buen amigo;
mas tú andas buscando mejor de pan de trigo,
non valdrás más por esso quanto vale un figo.

Si tú a mí quisieres escuchar e creer,
de la vida primera non te querrás toller:
a mí non dessarás por con otra tener,
si non, avrás la lenna a cuestas a traer.»

Issió de la eglesia el novio maestrado,
todos avién querella que avié tardado,
fueron cabadelante recabdar su mandado,
fo todo el negocio aína recabdado.

Fizieron ricas bodas, la esposa ganada,
ca serié lo ál fonta si fuesse desdennada;
era con esti novio la novia bien pagada,
mas non entendié ella , , , , do yazié la celada.

Supo bien encobrirse el de suso varón,
la lengua poridat tovo al corazón;
ridié e deportava todo bien por razón,
mas aviélo turrado mucho la visión.

Ovieron ricas bodas e muj grand alegría,
nunqua mayor siquiere ovieron en un día;
mas echó la redmanga por i Sancta María
e fizo en sequero una grand pesquería.

Quando veno la noch, la ora que dormiessen,
fizieron a los novios lecho en que ioguiessen;
ante que entre sí ningún solaz oviessen,
los brazos de la novia non tenién qué prisiessen.

Yssióseli de manos, fússoli el marido,
nunqua saber podieron omnes dó fo caído,
sópolo la Gloriosa tener bien escondido,
no lo consintió ella que fuesse corrompido.

Dessó mugier fermosa e muy grand posesión,
lo que farién bien poccos de los que oï son;
nunqua lo entendieron do cadió, o do non:
qui por Dios tanto faze, aya su bendición.

Creemos e asmamos que esti buen varón
buscó algún lugar de grand religïón,
y sovo escondido faciendo oración,
por ond ganó la alma de Dios buen gualardón.

Bien devemos creer que la Madre gloriosa,
porque fizo est omne esta tamanna cosa,
no lo oblidarié, como es pïadosa,
bien allá lo farié posar do ella posa.

De los milagros de nuestra señora

La benedicta Virgen es estrella clamada,
estrella de los mares, guïona deseada,
es de los marineros en las cuitas guardada,
ca quando éssa veden es la nave guiada.

Es clamada, y éslo de los cielos, reína,
tiemplo de jesu Christo, estrella matutina,
sennora natural, pïadosa vezina,
de cuerpos e de almas salud e medicina.

Ella es dicha fuent de qui todos bevemos,
ella nos dio el cevo de qui todos comemos;
ella es dicha puerto a qui todos corremos,
e puerta por la qual entrada atendemos.

Ella es dicha puerta en sí bien encerrada,
pora nos es abierta pora darnos la entrada;
ella es la palomba de fiel bien esmerada,
en qui non cae ira, , , , , siempre está pagada.

Es dicha vid, es uva, almendra, malgranada,
que de granos de graçia está toda calcada,
oliva, cedro, bálssamo, palma bien ajumada,
piértega en que sovo la serpiente alzada.

Sennores e amigos, en vano contendemos,
entramos en grand pozo, fondo no′l trovaremos;
más serién los sus nomnes que nos d′ella leemos
que las flores del campo, del más grand que savemos.

Milagros de nuestra señora

Amigos e vassallos de Dios omnipotent,
si vos me escuchássedes por vuestro consiment,
querríavos contar un buen aveniment:
terrédeslo en cabo por bueno verament.

Yo maestro Gonçalvo de Verceo nomnado,
yendo en romería caeçí en un prado,
verde e bien sençido, de flores bien poblado,
logar cobdiçiaduero pora omne cansado.

Davan olor sovejo las flores bien olientes,
refrescavan en omne las carnes e las mientes;
manavan cada canto fuentes claras corrientes,
en verano bien frías, en ivierno calientes.

Avién y grand abondo de buenas arboledas,
milgranos e figueras, peros e mazanedas,
e muchas otras fructas de diversas monedas,
mas non avié ningunas podridas nin azedas.

La verdura del prado, la olor de las flores,
las sombras de los árbores de temprados savores,
resfrescáronme todo e perdí los sudores:
podrié vevir el omne con aquellos olores.

Nunqua trobé en sieglo logar tan deleitoso,
nin sombra tan temprada nin olor tan sabroso;
descargué mi ropiella por yazer más viçioso,
poséme a la sombra de un árbor fermoso.

Yaziendo a la sombra perdí todos cuidados,
odí sonos de aves, dulces e modulados:
nunqua udieron omnes órganos más temprados,
nin que formar pudiessen sones más acordados.

Unas tenién la quinta, e las otras doblavan,
otras tenién el punto, errar no las dexavan:
al posar e al mover, todas se esperavan,
aves torpes nin roncas non se acostavan.

Non serié organista nin serié vïolero,
nin giga nin salterio nin mano de rotero,
nin estrument nin lengua nin tan claro vocero
cuyo canto valiesse con esto un dinero.

Peroque nos dissiemos todas estas bondades,
non contamos las diezmas, esto bien lo creades:
que avié de noblezas tantas diversidades
que no las contarien priores nin abbades.

El prado que vos digo avié otra bondat:
por calor nin por frío non perdié su beltat,
siempre estava verde en su entegredat,
non perdié la verdura por nulla tempestat.

Manamano que fui en tierra acostado,
de todo el lazerio fui luego folgado;
oblidé toda cuita e lazerio passado:
¡Qui allí se morasse serié bienventurado!

Los omnes e las aves, quantos acaecién,
levavan de las flores quantas levar querién,
mas mengua en el prado ninguna non façién:
por una que levavan tres e quatro nacién.

Semeja esti prado egual de Paraíso,
en qui Dios tan grand graçia, tan grand bendiçión miso;
él que crió tal cosa maestro fue anviso:
omne que ý morasse nunqua perdrié el viso.

El fructo de los árbores era dulz e sabrido,
si don Adám oviesse de tal fructo comido,
de tan mala manera non serié decibido,
ni tornárién tal danno Eva [nin] so marido.

Sennores e amigos, lo que dicho avemos
palavra es oscura, esponerla queremos:
tolgamos la corteza, al meollo entremos,
prendamos lo de dentro, lo de fuera dessemos.

Todos quantos vevimos, que en piedes andamos,
siquiere en presión o en lecho yagamos,
todos somos romeos que camino pasamos,
San Peidro lo diz esto, por él vos lo provamos.

Quanto aquí vivimos en ageno moramos;
la ficança durable suso la esperamos;
la nuestra romería estonz la acabamos,
quando a Paraíso las álmas envïamos.

En esta romería avemos un buen prado
en qui trova repaire tot romeo cansado:
la Virgin Glorïosa, madre del buen Criado,
del qual otro ninguno egual non fue trobado.

Esti prado fue siempre verde en onestat,
ca nunca ovo mácula la su virginidat,
post partum et in partu fue virgin de verdat,
illesa, incorrupta en su entegredat.

Las quatro fuentes claras que del prado manavan,
los quatro evangelios, esso significavan,
ca los evangelistas quatro que los dictavan,
quando los escrivién, con ella se fablavan.

Quanto escrivién ellos, ella lo emendava,
esso era bien firme lo que ella laudava;
parece que el riego todo d′ella manava
quando a menos d′ella nada non se guiava.

La sombra de los árbores, buena, dulz e sanía,
en qui ave repaire toda la romería,
sí son las oraciones que faz Santa María
que por los peccadores ruega noch e día.

Quantos que son en , , , , mundo, justos e peccadores,
coronados e legos, reys e emperadores,
allí corremos todos, vassallos e sennores,
todos a la su sombra imos coger las flores.

Los árbores que facen sombra dulz e donosa
son los santos miraclos que faz la Glorïosa,
ca son mucho más dulzes que azúcar sabrosa,
la que dan al enfermo en la cuita raviosa.

Las aves que organan entre essos fructales,
que han las dulzes vozes, dizen cantos leales,
estos son Agustino, Gregorio, otros tales,
quantos que escrivieron los sos fechos reales.

Estos avién con ella amor e atenencia,
en laudar los sos fechos metién toda femencia;
todos fablavan d′ella, cascuno su sentencia,
pero tenién por todo todos una creencia.

El rosennor que canta por fin maestría,
siquiere la calandria que faz grand melodía,
mucho cantó mejor el barón Isaía
e los otros prophetas, onrrada compannía.

Cantaron los apóstolos muedo muy natural,
confessores e mártires [facién otro] tal;
las vírgenes siguieron la gran Madre caudal,
cantan delante d′ella canto bien festival.

Por todas las eglesias, esto es cada día,
cantan laudes ant ella toda la clerecía:
todos li façen cort a la Virgo María;
estos son rossennoles de gran placentería.

Tornemos ennas flores que componen el prado,
que lo façen fermoso, apuesto e temprado;
las flores son los nomnes que lida el dictado
a la Virgo María, madre del buen Criado.

La benedicta Virgen es estrella clamada,
estrella de los mares, guïona deseada,
es de los marineros en las cuitas guardada,
ca quando éssa veden es la nave guiada.

Es clamada, y éslo de los cielos, reína,
tiemplo de jesu Christo, estrella matutina,
sennora natural, pïadosa vezina,
de cuerpos e de almas salud e medicina.

Ella es vellocino que fue de Gedeón,
en qui vino la pluvia, una grand vissïón;
ella es dicha fonda de David el varón
con la qual confondió al gigant tan fellón.

Ella es dicha fuent de qui todos bevemos,
ella nos dio el cevo de qui todos comemos;
ella es dicha puerto a qui todos corremos,
e puerta por la qual entrada atendemos.

Ella es dicha puerta en sí bien encerrada,
pora nos es abierta pora darnos la entrada;
ella es la palomba de fiel bien esmerada,
en qui non cae ira, siempre está pagada.

Ella con grand derecho es clamada Sïón,
ca es nuestra talaya, nuestra defensïón:
ella es dicha trono del reï Salomón,
reï de grand justicia, sabio por mirazón.

Non es nomne ninguno que bien derecho venga
que en alguna guisa a ella non avenga;
non ha tal que raíz en ella no la tenga,
nin Sancho nin Domingo, nin Sancha nin Domenga.

Es dicha vid, es uva, almendra, malgranada,
que de granos de graçia está toda calcada,
oliva, cedro, bálssamo, palma bien ajumada,
piértega en que sovo la serpiente alzada.

El fust que Moïsés enna mano portava
que confondió los sabios que Faraón preciava,
el que abrió los mares e depués los cerrava,
si non a la Gloriosa ál non significava.

Si metiéremos mientes en ell otro bastón
que partió la contienda que fue por Aarón,
ál non significava, como diz la lectión,
si non a la Gloriosa, esto bien con razón.

Sennores e amigos, en vano contendemos,
entramos en grand pozo, fondo no′l trovaremos;
más serién los sus nomnes que nos d′ella leemos
que las flores del campo, del más grand que savemos.

Desuso lo dissiemos que eran los fructales
en qui facién las aves los cantos generales,
los sus sanctos miraclos, grandes e principales,
los quales organamos ennas fiestas caubdales.

Quiero dexar con tanto las aves cantadores,
las sombras e las aguas, las devantdichas flores;
quiero d′estos fructales tan plenos de dulzores
fer unos pocos viessos, amigos e sennores.

Quiero en estos árbores un ratiello sobir
e de los sos miraclos algunos escrivir;
la Gloriosa me guíe que lo pueda complir,
ca yo non me trevría en ello a venir.

Terrélo por miráculo que lo faz la Gloriosa
si guiarme quisiere a mí en esta cosa;
Madre, plena de gracia, reína poderosa,
tú me guía en ello, ca eres pïadosa.

El labrador avaro

Era en una tierra un omne labrador
que usava la reja más que otra lavor;
más amava la tierra que non al Crïador,
era de muchas guisas omne revolvedor.

Fazié una nemiga, suziela por verdat,
cambiava los mojones por ganar eredat,
façié a todas guisas tuerto e falsedat,
avié mal testimonio entre su vecindat.

Querié, peroque malo, , , , , bien a Sancta María,
udié los sus miráculos, dávalis acogía;
saludávala siempre, diciéli cada día:
«Ave gratïa plena que parist a Messía.»

Finó el rastrapaja de tierra bien cargado,
en soga de dïablos fue luego cativado,
rastrávanlo por tienllas, de cozes bien sovado,
pechávanli a duplo el pan que dio mudado.

Doliéronse los ángeles desta alma mesquina,
por quanto la levavan diablos en rapina;
quisieron acorrelli, ganarla por vecina,
mas pora fer tal pasta menguavalis farina.

Si lis dizién los ángeles de bien una razón,
ciento dicién los otros, malas que buenas non;
los malos a los bonos teniénlos en rencón,
la alma por peccados non issié de presón.

Levantóse un ángel, disso: «Yo so testigo,
verdat es, non mentira esto que yo vos digo:
el cuerpo, el que trasco esta alma consigo,
fue de Sancta María vassallo e amigo.

Siempre la ementava a yantar e a cena,
diciéli tres palabras: ′Ave gratia plena′
la boca por qui essié tan sancta cantilena
non merecié iazer en tan mala cadena.»

Luego que esti nomne de la Sancta Reína
udieron los dïablos cogieronse ad ahina;
derramáronse todos como una neblina,
desampararon todos a la alma mesquina.

Vidiéronla los ángeles seer desemparada,
de piedes e de manos con sogas bien atada;
sedié como oveja que yaze ensarzada,
fueron e adussiéronla pora la su majada.

Nomne tan adonado e de vertut atanta,
que a los enemigos seguda e espanta,
non nos deve doler nin lengua nin garganta
que non digamos todos: «Salve Regina Sancta.»

El ladrón devoto

Era un ladrón malo que más querié furtar
que ir a la eglesia nin a puentes alzar;
sabié de mal porcalzo su casa governar,
uso malo que priso, no lo podié dexar.

Si facia otros males, esto no lo leemos,
serié mal condempnarlo por lo que non savemos,
mas abóndenos esto que dicho vos a vemos,
si ál fizo, perdóneli Christus en qui creemos.

Entre las otras malas, avié una bondat
que li vahó en cabo e dioli salvedat;
credié en la Gloriosa de toda voluntat,
saludávala siempre contra la su magestat.

Dizia Ave MAria e más de escriptura:
siempre se inclinava contra la su figura,
dizié «Ave María» e más de escriptura,
tenia su voluntad con esto más segura.

Como qui en mal anda en mal á a caer,
oviéronlo con furto est ladrón a prender;
non ovo nul consejo con qué se defender,
judgaron que lo fuessen en la forca poner.

Levólo la justicia pora la crucejada,
do estava la forca por concejo alzada;
prisiéronli los ojos con toca bien atada,
alzáronlo de tierra Era un ladrón malo que más querié furtar
que ir a la eglesia nin a puentes alzar;
sabié de mal porcalzo su casa governar,
uso malo que priso, no lo podié dexar.

Si facia otros males, esto no lo leemos,
serié mal condempnarlo por lo que non savemos,
mas abóndenos esto que dicho vos a vemos,
si ál fizo, perdóneli Christus en qui creemos.

Entre las otras malas, avié una bondat
que li vahó en cabo e dioli salvedat;
credié en la Gloriosa de toda voluntat,
saludávala siempre contra la su magestat.

Dizia Ave MAria e más de escriptura:
siempre se inclinava contra la su figura,
dizié «Ave María» e más de escriptura,
tenia su voluntad con esto más segura.

Como qui en mal anda en mal á a caer,
oviéronlo con furto est ladrón a prender;
non ovo nul consejo con qué se defender,
judgaron que lo fuessen en la forca poner.

Levólo la justicia pora la crucejada,
do estava la forca por concejo alzada;
prisiéronli los ojos con toca bien atada,
alzáronlo de tierra con soga bien tirada.

Alzáronlo de tierra quanto alzar quisieron,
quantos cerca estavan por muerto lo tovieron:
si ante lo sopiessen lo que depués sopieron,
no li ovieran fecho esso que li fizieron.

La Madre glorïosa, duecha de acorrer,
que suele a sus siervos ennas cuitas valer,
a esti condempnado quísoli pro tener,
membróli del servicio que li solié fer.

Metióli so los piedes do estava colgado
las sus manos preciosas, tóvolo alleviado:
non se sintió de cosa ninguna embargado,
non sovo plus vicioso nunqua nin más pagado.

Ende al día terzero vinieron los parientes,
vinieron los amigos e los sus connocientes,
vinién por descolgallo rascados e dolientes,
sedié mejor la cosa que metién ellos mientes.

Trobáronlo con alma alegre e sin danno,
non serié tan vicioso si yoguiesse en vanno;
dizié que so los piedes tenié un tal escanno,
non sintrié mal ninguno si colgasse un anno.

Quando lo entendieron los que lo enforcaron,
tovieron que el lazo falsso gelo dexaron;
fueron mal rependidos que no lo degollaron,
tanto gozarién desso quanto depués gozaron.

Fueron en un acuerdo toda essa mesnada,
que fueron engannados enna mala lazada,
mas que lo degollassen con foz o con espada;
por un ladrón non fuesse tal villa afontada.

Fueron por degollarlo los mancebos más livianos,
con buenos seraniles grandes e adïanos;
metió Sancta María entre medio las manos,
fincaron los gorgueros de la golliella sanos.

Quando esto vidieron que nol podién nocir,
que la Madre gloriosa lo querié encobrir,
oviéronse con tanto del pleito a partir,
hasta que Dios quisiesse dexáronlo vevir.

Dexáronlo en paz que se fuesse su vía,
ca ellos non querién ir contra Sancta María,
mejoró en su vida, partióse de follía:
quando cumplió so corso murióse de su día.

Madre tan pïadosa, de tal benignidat,
que en buenos e en malos face su pïadat,
devemos bendicirla de toda voluntat:
los que la bendissieron ganaron grand rictat.

Las mannas de la Madre con lasdel que parió
semeian bien calannas qui bien las connoció;
Él por bonos e malos, por todos descendió,
Ella, si la rogaron, a todos acorrió.con soga bien tirada.

Alzáronlo de tierra quanto alzar quisieron,
quantos cerca estavan por muerto lo tovieron:
si ante lo sopiessen lo que depués sopieron,
no li ovieran fecho esso que li fizieron.

La Madre glorïosa, duecha de acorrer,
que suele a sus siervos ennas cuitas valer,
a esti condempnado quísoli pro tener,
membróli del servicio que li solié fer.

Metióli so los piedes do estava colgado
las sus manos preciosas, tóvolo alleviado:
non se sintió de cosa ninguna embargado,
non sovo plus vicioso nunqua nin más pagado.

Ende al día terzero vinieron los parientes,
vinieron los amigos e los sus connocientes,
vinién por descolgallo rascados e dolientes,
sedié mejor la cosa que metién ellos mientes.

Trobáronlo con alma alegre e sin danno,
non serié tan vicioso si yoguiesse en vanno;
dizié que so los piedes tenié un tal escanno,
non sintrié mal ninguno si colgasse un anno.

Quando lo entendieron los que lo enforcaron,
tovieron que el lazo falsso gelo dexaron;
fueron mal rependidos que no lo degollaron,
tanto gozarién desso quanto depués gozaron.

Fueron en un acuerdo toda essa mesnada,
que fueron engannados enna mala lazada,
mas que lo degollassen con foz o con espada;
por un ladrón non fuesse tal villa afontada.

Fueron por degollarlo los mancebos más livianos,
con buenos seraniles grandes e adïanos;
metió Sancta María entre medio las manos,
fincaron los gorgueros de la golliella sanos.

Quando esto vidieron que nol podién nocir,
que la Madre gloriosa lo querié encobrir,
oviéronse con tanto del pleito a partir,
hasta que Dios quisiesse dexáronlo vevir.

Dexáronlo en paz que se fuesse su vía,
ca ellos non querién ir contra Sancta María,
mejoró en su vida, partióse de follía:
quando cumplió so corso murióse de su día.

Madre tan pïadosa, de tal benignidat,
que en buenos e en malos face su pïadat,
devemos bendicirla de toda voluntat:
los que la bendissieron ganaron grand rictat.

Las mannas de la Madre con lasdel que parió
semeian bien calannas qui bien las connoció;
Él por bonos e malos, por todos descendió,
Ella, si la rogaron, a todos acorrió.